Maternar sin tribu en la era del individualismo

Maternar sin tribu en la era del individualismo

Ser madre primeriza no es fácil en esta era del individualismo y del vivir corriendo. Si además careces de una red de apoyo suficientemente tupida, todo se hace más cuesta arriba.

 Somos muchas las madres que en nuestro día a día vivimos un tipo de maternidad en solitario.  Normalmente porque la pareja, si la hay, pasa la mayor parte del día fuera de casa. También porque la familia es pequeña o vive a kilómetros de distancia, y escasean los apoyos.

Pero, además, se da una circunstancia añadida: con frecuencia, las madres vivimos desvinculadas las unas de las otras, a pesar de compartir similares necesidades y preocupaciones.

El resultado es un paisaje de madres aisladas que viven puerta con puerta. Habitamos la misma ciudad y ocupamos los mismos espacios, pero apenas nos conocemos.

Escribe estas líneas una de esas mamás. Una mamá solitaria, a ratos cansada y frustrada, a ratos desbordada. Pero a pesar de todo, una mamá razonablemente feliz.

Porque la mayoría de madres sin tribu nos hemos acostumbrado a criar dentro de nuestras pequeñas fortalezas. A resolver por nosotras mismas y en la intimidad del hogar los retos y dificultades que plantea una maternidad sin apenas referentes. Y a sobrellevar solas los días malos.  Ésos en los que maternar se convierte en un pozo oscuro; ésos en los que una siesta de diez minutos te salvaría.   

Sin embargo, muchas hemos acabado normalizando esa soledad no buscada, e incluso sonriéndola.

 

 

Criar sin tribu me ha regalado horas y horas de juego con mi hija. Un mini mundo particular donde solo estamos ella y yo. También deliciosos paseos por el barrio observando con sus ojos el movimiento de las hojas al caer. Nos movemos libres por los parques, igual que mariposas en busca del mejor néctar. Solo de vez en cuando surge la conversación fortuita con otras madres, padres o abuelos. Al caer la noche nos dejamos mimar por papá.  En otros momentos por familia y amigos que nos quieren y nos apoyan en lo que pueden.

Pero en el día a día gana por goleada el tiempo que mi bebé y yo pasamos solas.

Y sí, a veces también me siento sola.

Ocurre, por ejemplo, cuando en nuestro paseo matutino encontramos algún grupo de mamás que caminan animadamente, o que conversan tranquilas en torno a una mesa con cafés.  No siempre soy consciente, pero sé que yo también necesito de ese alimento. Reconocerme en las otras y sentirme parte de algo más grande.

A menudo me pregunto si mi madre vivió algo de esta soledad en sus primeros años de maternidad, allá por los primeros 80.

Ella ya no está aquí para contármelo, pero creo no equivocarme si digo que mi madre tenía algo que yo no tengo: una comunidad de mujeres a su alrededor. Vecinas de portal que eran madres también, y a las que ponía nombres y apellidos. Aunque no las viera podía sentirlas en sus quehaceres diarios.  En aquella comunidad siempre había alguna puerta entreabierta. Y las conversaciones de descansillo o de ventana con ventana entretejían la cotidianidad.

Mi madre criaba codo con codo con mujeres que de forma espontánea se regalaban tiempo y aliento.  Seguro que no todo era tan ideal, pero había convivencia y un aire de secreta complicidad.

Me gusta pensar que en ese grupo de vecinas mi madre encontró la oportunidad de reír y llorar en compañía. De compartir los miedos, las dudas e incertidumbres de una joven madre primeriza.

Yo recuerdo mi infancia rodeada de vecinos y vecinas que eran casi como una familia. Siempre había alguien a quien pedir sin pudor esa tacita de arroz que faltaba para la paella, o un cuartito de estar donde mi hermana y yo podíamos quedarnos unas horas si surgía la necesidad. Y en esas casas podíamos sentir el calor de nuestro propio hogar.

No cambio mi vida por la de mi madre, pero anhelo algo de aquella maternidad compartida que ella vivió. Y donde parecía más fácil crear lazos con otras mujeres y ayudarse mutuamente.

 

 

Muchas cosas han cambiado desde entonces. Las madres del siglo XXI tenemos grupos de Whatsapp y Facebook, tecnología que nos acerca y facilita nuestra crianza. Tenemos información de lo que queramos a un solo clic. También espacios virtuales diseñados de acuerdo a nuestras necesidades y las de nuestros niños.  

Es verdad, en los entornos 2.0 estamos super conectadas. Pero en el mundo offline, algo falla.

Siento que nos falta algo más básico: un tipo de conexión más piel con piel con esas mujeres que conforman nuestro entorno social más cercano. Nos falta mirarnos a los ojos y escucharnos un poco más. Olvidarnos por un momento del reloj y alargar esos encuentros casuales a la vuelta de cualquier esquina. Quizás no nos necesitemos, pero criar de la mano lo haría todo más sencillo y más bonito.

Sin embargo, hoy todo parece estar tocado por un individualismo que separa a las personas. Ya nadie llama a la puerta de la vecina, porque pedir ayuda nos hace sentir incapaces. Antes preferimos sucumbir a la ansiedad y simular que todo va bien. Ya nadie deja la puerta de su casa entreabierta.

Y así, van menguando las redes de apoyo. Y todo ello en un contexto en el que las familias cada vez son más pequeñas.

Vuelvo a pensar en mi madre y en las mujeres de su generación. Las admiro profundamente, pero me resisto a pensar que las madres de hoy seamos menos generosas que las de antes. No, no lo somos.

Solo nos ha tocado vivir tiempos acelerados en los que hemos de llegar a más, y donde todo pasa por consumir casi compulsivamente.

Lo hacemos cuando vamos al centro comercial, pero también cuando apuntamos a nuestros bebés a matronatación o a clases de estimulación musical. Cuando alquilamos una casa rural o nos enganchamos a una serie de Netflix.

Es tan amplia y tentadora la oferta que no queremos perdernos nada. Tampoco quedarnos atrás. Y mucho menos que lo hagan nuestras niñas y niños.

Y entre seducidas y atrapadas por esa espiral consumista,  cada vez es más difícil encontrar espacios para “SER” sin más, y para mezclarnos con las otras y crear comunidad.

 

Luchar contra este individualismo voraz parece una gesta imposible. Pero no caigo en el desánimo. Hay luces muy potentes iluminando el camino. 

El auge del movimiento feminista es una de ellas. Contemplar a millones de mujeres en todo el mundo clamando poderosas por una sociedad más justa, llama a la esperanza. Y lo hacen conectadas, corazón con corazón.

Muchas son madres, otras no, pero todas conforman una gran tribu de mujeres que caminan, bailan, cantan y rugen juntas.

Es esa sororidad que une y que emociona, la que sin duda nos salvará.

 

¿Y tú? ¿Eres una mamá sin tribu? Sea como sea, me encantará que me hagas llegar tus comentarios.

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¡¡Gracias!!

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