¿Y tú qué esperas que el colegio haga por tus hijos?

¿Y tú qué esperas que el colegio haga por tus hijos?

Hagamos un viaje en el tiempo.

Cierra los ojos por unos segundos y trae a tu memoria algún recuerdo feliz de tus días de colegio. Vuelve a sentirte en la piel de aquel niño o niña que un día fuiste.

Yo veo a una niña de 6 o 7 años con dos coletas y cierto complejo de orejas grandes, pero que baila feliz frente a sus compañeros de clase.  No recuerdo cómo empezaban las semanas, pero sí cómo acababan. Porque los viernes por la tarde era especiales. La profesora Matilde nos dejaba hacer, sin más. El más gracioso de la clase contaba chistes, el chico de la voz bonita volvía a cantar la misma canción. Yo representaba algún teatrillo junto a algunas de mis compañeras.

Y me sentía brillar.

Parece que fue ayer, pero han pasado más 30 años. Ya no soy una niña. Ahora soy mamá de una peque de tres añitos que en apenas unos meses estará dando sus primeros pasos en el cole de mayores.

Y ya ha empezado la cuenta atrás. ¡Qué emoción!

En estos días los colegios abren sus puertas para enseñarnos su mejor cara. Será importante lo que nos cuenten, pero también ir con las ideas claras para poder hacer la mejor elección.  

Supongo que todas las mamás y papás deseamos los mismo: que nuestras hijas e hijos sean felices hoy y en su vida adulta. Sin embargo, si vamos a lo concreto, no todos pensamos igual. Porque la felicidad es un collage de múltiples colores y texturas, y no todos damos la misma relevancia a cada una de esas partes.

Dicen los expertos que la felicidad tiene mucho que ver con la calidad de nuestras relaciones con los demás y con nosotros mismos, con nuestra capacidad de adaptación a los cambios, y con tener sueños. Y sí, también con el dinero, aunque solo por debajo de cierto umbral.  

Así que en estos días ando preguntándome qué es lo que realmente me gustaría que el colegio hiciera por mi hija ¿En qué deberíamos formar a nuestros niños y niñas en un contexto en el que el futuro cada vez es más incierto? Y donde tenemos a un solo clic todo el conocimiento acumulado en la historia del humanidad.

Hoy quiero contarte qué cuestiones son las que a mi más me preocupan. No están todas, solo algunas. Pero si andas un poco perdido con la elección de cole, quizás alguna de estas reflexiones te puedan orientar en tu decisión.

¡Vayamos a ello!

 

  • PONER NOMBRE A LAS EMOCIONES

Llamadme ñoña, pero si algo no quisiera que le faltara a mi hija en sus horas de colegio es afecto.

Más importante que su profesora sea un hacha en mates, es que mi hija pueda sentir su calidez. Que se sienta segura a su lado. También comprendida y aceptada cuando las cosas no vayan bien y las emociones la desborden.

La educación emocional debería ser un eje básico en el día a día de cualquier aula.  

Que todos los niños y niñas crezcan sabiendo que no pasa nada por llorar, que a veces hay que sentir rabia y que no siempre se puede estar contento. Darles herramientas para gestionar de una forma saludable sus estados de ánimo, les ayudará a desenvolverse en la vida de una forma más eficaz.

Suena fácil, pero incluso los adultos andamos muy verdes en esto. Así que, cómo no empezar a prepararlos desde los primeros años.

  • APRENDER JUGANDO

Niños superhéroe

Todos los niños y niñas del mundo juegan, da igual que vivan en entornos ricos o pobres, que estén en medio de un conflicto armado o no. El juego es la forma natural que tienen los niños de aprender y conocer el mundo. Pero poco a poco nos lo estamos cargando.

Por algo es un derecho recogido en el artículo 31 de la Convención de Derechos del Niño. Derecho que hay que proteger también desde las escuelas.  Por ello, y especialmente durante la niñez, el juego debería ser la base de cualquier dinámica de aprendizaje. Lo niños han de divertirse mientras aprenden, y esto no es posible si no es jugando.

Las cosas claras. Jugar es incompatible con obligarles a permanecer sentados en sus sillas durante demasiado tiempo, con cargar todos los días con una pila de deberes para casa, o con pensar que con el recreo tienen suficiente.

Si queremos favorecer el juego hemos de darles espacios para que se muevan y exploren libremente. Para que se expresen y creen sus propios mundos.

  • CONECTAR CON SUS INTERESES

Qué menos que desde las aulas se trabaje sobre un conocimiento científico actualizado.  Porque a lo mejor hay fórmulas que ya no valen o que pueden ser mejoradas. Hoy, gracias a los avances de la tecnología, conocemos mucho mejor cómo funciona el cerebro del niño durante los procesos de aprendizaje. Y se sabe, por ejemplo, que para que haya aprendizajes significativos tiene que haber emoción.

No se trata de tenerlos en un éxtasis continuo, pero sí de tomar conciencia de que sin emoción no se producirán aprendizajes valiosos. Es decir, esos que no se producen por simple repetición o memorización, y que difícilmente se olvidarán tras un examen.

Pero, ¿cuál es la tecla que hay que tocar para emocionar? ¿Cómo combatir el aburrimiento en las clases?

La clave está en conectar con los intereses del niño. Y su interés estará en aquello que despierte su curiosidad natural. Aquello que le mueve desde dentro a querer saber más sobre algo.

Sabemos que la motivación es un multiplicador del aprendizaje, pero es difícil sentirse motivado cuando nos obligan a estudiar o a poner nuestra atención en algo que no nos gusta o no nos interesa.

Y aquí encontramos uno de los retos del sistema educativo actual, especialmente en aquellos centros donde los/las docentes trabajan con ratios muy elevados. ¿Cómo atender a esa diversidad de intereses?

  • DAME LO QUE NECESITO

Niña con brocha rosa

Desde luego, la solución no parece que esté en la uniformidad de contenidos. Ni en esa idea de que todos y todas han de aprender en cada momento lo mismo y a la misma velocidad. Como si todos los niños tuvieran los mismos ritmos de maduración y aprendizaje.

No creo que sea fácil llevar esta idea al aula, pero los esfuerzos deberían ir por ahí: hacia un tipo de enseñanza más flexible e individualizada, donde el profesor o profesora guía y acompaña, y donde cada niño tiene la oportunidad de trabajar en aquello que más le motiva.

Y es importante que esto ocurra, porque será así como ese niño o niña pueda llegar a descubrir sus verdaderas fortalezas y pasiones. Aquello que le hace único: su esencia.

Sinceramente, no creo que haya una mejor receta para alcanzar el éxito (o al menos intentarlo) en la vida.

  • APRENDER CON TODOS LOS SENTIDOS

Niña pintando

Los niños y niñas necesitan vivenciar y experimentar para comprender la realidad. Manipularla con sus propias manitas.

¿Por qué estudiar lo que es una flor sobre la foto de un libro cuando hay jardines llenos de flores que pueden oler y tocar? ¿Por qué estudiar el mundo desde las cuatro paredes del aula, cuando pueden salir al mundo y observarlo con todos sus sentidos?

Me gustaría que los colegios fueran espacios más abiertos a la ciudad y al campo, a las gentes. Facilitadores de experiencias ricas en sensaciones, y no tanto de aburridas fichas o cuadernos de ejercicios.

  • ENTRENAR EL PENSAMIENTO LIBRE

Os confieso algo. Me encanta responder a las preguntas de mi hija con otras preguntas. Me gusta ese juego de ayudarla a encontrar sus propias respuestas, y callar a la “sabioncilla” que hay dentro de mí.

Creo que los conocimientos más valiosos son aquellos a los que son capaces de llegar por ellos mismos, y no tanto aquellos que les llegan desde fuera y que han de memorizar. No digo que entrenar la memoria no sea necesario.  Pero me parece más vital proveerles de recursos para que vayan construyendo a su ritmo su propio saber.

Por eso, me encantaría que el colegio lanzara más preguntas y menos respuestas. Que enseñara a mi hija a reflexionar, a discriminar lo que sirve de lo que no, y a desarrollar su propio criterio. También a defender sus ideas y escuchar y respetar las de los demás.

  • BYE BYE EXÁMENES

Si de mí dependiera eliminaría las notas, al menos en primaria.

Los sistemas de evaluación son necesarios, pero seguimos en un tipo de enseñanza más centrada en los resultados que en los aprendizajes. Parece que estemos obsesionados/as con evaluarlo todo. ¿Pero cómo medir lo que un niño está aprendiendo cuando trabaja en el huerto del cole o en esos ratos que pasa abstraído jugando con bloques de madera? ¿Por qué es más importante el conocimiento plasmado en un papel que el esfuerzo que ese niño haya puesto en adquirirlo? ¿Qué le será más útil en la vida?

Los exámenes con nota tienen su utilidad, no digo que no, pero también discriminan, fomentan la competitividad y pueden herir de muerte la autoestima y el auto concepto del menor. A menudo, también cierran puertas injustamente. Me pregunto si es tan necesario hacerles pasar por el trago de ser etiquetados como “buen” o “mal” estudiante, cuando apenas tienen idea de quiénes son.

¿No habría que poner más el foco en potenciar las capacidades de cada uno? ¿En la evolución quizás? Y en ayudarles en aquello en lo que tienen más dificultad, pero desde estrategias más en positivo.

Ante una mala nota que se repite examen tras examen, cualquier niño o niña se sentirá desanimado y frustrado. Sentirá que no llega, que no es capaz. Y así será más difícil que vuelva a encontrar la motivación para seguir aprendiendo.  

No se trata de sobreprotegerles y evitarles cualquier tipo de frustración. Se trata de abrirles cuantas más puertas mejor y de despertar en ellos el amor por aprender.  

  • MESAS JUNTAS MEJOR QUE SEPARADAS

En general, las personas trabajamos mejor y somos más eficientes si lo hacemos en equipo. Los niños/as también. Será porque tenemos un cerebro diseñado para la interacción social.

Por eso, desde pequeños debería fomentarse no solo el trabajo en grupo, sino el aprendizaje cooperativo. Enseñarse y ayudarse los unos a otros desde las fortalezas y debilidades de cada uno. Normalizar las diferencias,/as y entrenar el músculo de la empatía y el de otras habilidades sociales tan necesarias en cualquier etapa de la vida.

Trabajar juntos para alcanzar objetivos comunes. De esto se trata.

¡Qué buena vacuna contra tanto individualismo!

  • DEJARLES HACER

Los niños/as se sienten mejor cuando les damos la oportunidad de hacer las cosas por ellos mismos. Mejor que sean ellos quienes se suban la cremallera del abrigo o se lo pidan a un compañero, a que lo haga el profesor.

Fomentar su autonomía y responsabilidad también tiene que ver con darles libertad para proponer, para participar en la elección de temas y en el diseño de actividades. Se trata de darles voz y protagonismo. Pero de verdad.

De esa forma les estaremos animando a tomar decisiones, a responsabilizarse de sus aciertos y de sus errores. También estaremos llenando su mochila con un montón de recursos para que en el futuro sean capaces de tomar las riendas de su propia vida. Y que nadie decida por ellos.

Creo que la responsabilidad también tiene que ver con la forma en la que se abordan las conductas conflictivas. Valorar si cuando se aplica un castigo o sanción estamos simplemente tratando de parar esa conducta, o si la intención es ir más allá:  indagar en las causas o necesidades no cubiertas que subyacen, y enfocarse en la búsqueda de responsabilidades y de soluciones reparadoras para todas las partes. Soluciones que aporten aprendizajes significativos en el corto y largo plazo.

  • HÁBLAME DE LAS A.M.P.A.S Y ME HABRÁS GANADO

No siempre es posible, pero como madres y padres deberíamos elegir aquellos colegios que comparten nuestros valores e ideario. De forma que haya una continuidad entre el mensaje que tratamos de transmitir en casa y el que reciben en el colegio.  

También para que la relación entre familias, profesores y equipo directivo fluya, y vayan todos a una.

Personalmente, busco colegios que valoren el papel de las A.M.P.A.S como parte de la comunidad educativa, y se muestren abiertos a escuchar y trabajar de la mano.

A mí me tranquiliza muchísimo saber que como madre tengo una puerta abierta a proponer ideas o a plantear mejoras relativas a la calidad de la educación de mi hija.

  • SI ESTÁ CERCA, MEJOR

La cuestión de la distancia no es un asunto menor. De hecho, para mí es de los más importantes. Tener el cole cerca aporta calidad de vida a toda la familia.

Un colegio al que puedes ir andando se traduce en menos madrugones, en más tiempo de juego y en más tiempo para estar con tus hijos.

También en menos tiempo al volante y menos huella ecológica.

Significa además que tu hijo o hija en unos años quizás pueda ir solito al colegio. Y que sus amigos de clase serán también vecinos de barrio, lo que estrechará vínculos y facilitará su vida social.

Estas son solo algunas cuestiones que podrían tenerse en cuenta a la hora de elegir cole. Pero hay muchas más: bilingüismo, extra escolares, jornadas continuas o partidas, comedores, nuevas tecnologías, programas de igualdad o contra el acoso escolar, y un largo etcétera.

El caso es que mi periplo por los centros escolares del barrio ha llegado a su fin. Y ha sido interesante. Es verdad que, en algunos aspectos, me he encontrado escuelas demasiado parecidas a las que yo conocí, allá por los 80. Pero sería injusto decir que todo sigue igual.

Un viento renovado circula por los patios y por esos largos pasillos multicolores. Lo saben muy bien tantos y tantas docentes y familias que se dejan la piel y el alma en lo que hacen, y que pelean cada día por cambiar el orden tradicional de las cosas.

Sí, algo profundo está cambiando. Y me encanta.

¿Y a ti?  ¿Qué es lo que más te importa a la hora de buscar colegio?

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¡¡Mil gracias!!

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